Talón de Hierro
Por Jack London

 

Vigencia: en 1906 el escritor estadounidense Jack London (1876−1916) escribió El Talón de Hierro, un clásico de la literatura universal. La formación socialista del escritor, el conocimiento de la Historia y su imaginación se entrelazan para construir un relato que cobra hoy una vigencia extraordinariamente interesante. En el primer capítulo, Mi Águila, que se reproduce íntegro en esta edición, la protagonista Avis Cunningham, una joven de la alta sociedad de Estados Unidos, relata el día en que conoció a Ernesto Everhard, un líder socialista que la lleva por el camino de la revolución. Las discusiones entre la metafísica anticientífica y el materialismo histórico, la posición clasista de los obreros de principios de siglo XX y la necesidad de terminar con el sistema capitalista para construir un mundo justo, son los temas retratados por London en esta novela que llama al conocimiento y a la acción.

La brisa de verano agita las gigantescas sequías y las ondas de la Wild Water cabrillean cadenciosamente sobre las piedras musgosas. Danzan al sol las mariposas y en todas partes zumba el bordoneo mecedor de las abejas. Sola, en medio de una paz tan profunda, estoy sentada, pensativa e inquieta. Hasta el exceso de esta serenidad me turba y la torna irreal. El vasto mundo está en calma, pero es la calma que precede a las tempestades. Escucho y espío con todos mis sentidos el menor indicio del cataclismo inminente. ¡Con tal que no sea prematuro! ¡Oh, si no estallara demasiado pronto!

Es explicable mi inquietud. Pienso y pienso, sin descanso, y no puedo evitar el pensar. He vivido tanto tiempo en el corazón de la refriega, que la tranquilidad me oprime y mi imaginación vuelve, a pesar mío, a ese torbellino de devastación y de muerte que va a desencadenarse dentro de poco. Me parece oír los alaridos de las víctimas, ver, como ya lo he visto en el pasado, a toda esa tierna y preciosa carne martirizada y mutilada, a todas esas almas arrancadas violentamente de sus nobles cuerpos y arrojadas a la cara de Dios. ¡Pobres mortales como somos, obligados a recurrir a la matanza y a la destrucción para alcanzar nuestro fin, para imponer en la tierra una paz y una felicidad durables!

¡Y, además, estoy completamente sola! Cuando no sueño con lo que debe ser, sueño con lo que ha sido, con lo que ya no existe. Pienso en mi águila, que batía el vacío con sus alas infatigables y que emprendió vuelo hacia su sol, hacia el ideal resplandeciente de la libertad humana. Yo no podría quedarme cruzada de brazos para esperar el gran acontecimiento que es obra suya, a pesar de que él no esté ya más aquí para contemplar su ejecución. Esto es el trabajo de sus manos, la creación de su espíritu. Sacrificó por eso sus más bellos años y ofreció su vida misma.

He aquí por qué quiero consagrar este período de espera y de ansiedad al recuerdo de mi marido. Soy la única persona del mundo que puede proyectar cierta luz sobre esta personalidad, tan noble que es muy difícil darle su verdadero y vivo relieve. Era un alma inmensa. Cuando mi amor se purifica de todo egoísmo, lamento sobre todo que ya no esté más aquí para ver la aurora cercana. No podemos fracasar, porque construyó demasiado sólidamente, demasiado seguramente. ¡Del pecho de la humanidad abatida arrancaremos el Talón de Hierro maldito! A una señal convenida, por todas partes se levantarán legiones de trabajadores, y jamás se habrá visto nada semejante en la historia. La solidaridad de las masas trabajadoras está asegurada, y por primera vez estallará una revolución internacional tan vasta como el vasto mundo.

Ya lo veis; estoy obsesionada por este acontecimiento que desde hace tanto tiempo he vivido día y noche en sus menores detalles. No puedo alejar el recuerdo de aquel que era el alma de todo esto. Todos saben que trabajó rudamente y sufrió cruelmente por la libertad; pero nadie lo sabe mejor que yo, que durante estos veinte años de conmociones he compartido su vida y he podido apreciar su paciencia, su esfuerzo incesante, su abnegación absoluta a la causa por la cual murió hace sólo dos meses.

Ya lo veis; estoy obsesionada por este acontecimiento que desde hace tanto tiempo he vivido día y noche en sus menores detalles. No puedo alejar el recuerdo de aquel que era el alma de todo esto. Todos saben que trabajó rudamente y sufrió cruelmente por la libertad; pero nadie lo sabe mejor que yo, que durante estos veinte años de conmociones he compartido su vida y he podido apreciar su paciencia, su esfuerzo incesante, su abnegación absoluta a la causa por la cual murió hace sólo dos meses.

Quiero intentar el relato simple de cómo Ernesto Everhard entró en mi vida, cómo su influencia sobre mí creció hasta el punto de convertirme parte de él mismo y qué cambios prodigiosos obró en mi destino; de esta manera podréis verlo con mis ojos y conocerlo como lo he conocido yo misma; sólo callaré algunos secretos demasiado dulces para ser revelados.

Lo vi por primera vez en febrero de 1912, cuando invitado a cenar por mi padre, entró en nuestra casa de Berkeley; no puedo decir que mi primera impresión haya sido favorable. Teníamos muchos invitados, y en el salón, en donde esperábamos que todos nuestros huéspedes hubieran llegado, hizo una entrada bastante desdichada. Era la noche de los predicantes, como papá decía entre nosotros, y verdaderamente Ernesto no parecía en su sitio en medio de esa gente de iglesia.

En primer lugar, su ropa no le quedaba bien. Vestía un traje de paño oscuro, y él nunca pudo encontrar un traje de confección que le quedase bien. Esa noche, como siempre, sus músculos levantaban el género y, a consecuencia de la anchura de su pecho, la americana le hacía muchos pliegues entre los hombros. Tenía un cuello de campeón de boxeo, espeso y sólido. He aquí, pues, me decía, a este filósofo social, ex maestro herrero, que papá ha descubierto; y la verdad era que con esos bíceps y ese pescuezo tenía un físico adecuado al papel. Lo clasifiqué inmediatamente como una especie de prodigio, un Blind Tom de la clase obrera.

Enseguida me dio la mano. El apretón era firme y fuerte, pero sobre todo me miraba atrevidamente con sus ojos negros... demasiado atrevidamente a mi parecer. Comprended: yo era una criatura del ambiente, y para esa época mis instintos de clase eran poderosos. Este atrevimiento me hubiese parecido casi imperdonable en un hombre de mi propio mundo. Sé que no pude remediarlo y bajé los ojos, y cuando se adelantó y me dejó atrás, fue con verdadero alivio que me volví para saludar al obispo Morehouse, uno de mis favoritos: era un hombre de edad media, dulce y grave, con el aspecto v la bondad de un Cristo y, por sobre todas las cosas, un sabio.

Mas esta osadía que yo tomaba por presunción era en realidad el hilo conductor que debería permitirme desenmarañar el carácter de Ernesto Everhard. Era simple y recto, no tenía miedo a nada y se negaba a perder el tiempo en usos sociales convencionales. "Si tú me gustaste enseguida −me explicó mucho tiempo después–, ¿por qué no habría llenado mis ojos con lo que me gustaba?" Acabo de decir que no temía a nada. Era un aristócrata de naturaleza, a pesar de que estuviese en un campo enemigo de la aristocracia. Era un superhombre. Era la bestia rubia descrita por Nietzsche, mas a pesar de ello era un ardiente demócrata.

Atareada como estaba recibiendo a los demás invitados, y quizás como consecuencia de mi mala impresión, olvidé casi completamente al filósofo obrero. Una o dos veces en el transcurso de la comida atrajo mi atención. Escuchaba la conversación de diversos pastores; vi brillar en sus ojos un fulgor divertido. Deduje que estaba de humor alegre, y casi le perdoné su indumentaria. El tiempo entretanto pasaba, la cena llegaba a su fin y todavía no había abierto una sola vez la boca, mientras los reverendos discurrían hasta el desvarío sobre la clase obrera, sus relaciones con el clero y todo lo que la Iglesia había hecho y hacía todavía por ella. Advertí que a mi padre le contrariaba ese mutismo. Aproveché un instante de calma para alentarlo a dar su opinión. Ernesto se limitó a alzarse de hombros, y después de un breve "No tengo nada que decir", se puso de nuevo a comer almendras saladas.

Pero mi padre no se daba fácilmente por vencido; al cabo de algunos instantes declaró:

−Tenemos entre nosotros a un miembro de la clase obrera. Estoy seguro de que podría presentarnos los hechos desde un punto de vista nuevo, interesante y remozado. Hablo del señor Everhard.

Los demás manifestaron un interés cortés y urgieron a Ernesto a exponer sus ideas. Su actitud hacia él era tan amplia, tan tolerante y benigna que equivalía lisa y llanamente a condescendencia. Vi que Ernesto lo entendía así y se divertía.

Paseó lentamente sus ojos alrededor de la mesa y sorprendí en ellos una chispa maliciosa.

−No soy versado en la cortesía de las controversias eclesiásticas −comenzó con aire modesto; luego pareció dudar.

Se escucharon voces de aliento: "¡Continúe, continúe!" Y el doctor Hammerfield agregó:

−No tememos la verdad que pueda traernos un hombre cualquiera... siempre que esa verdad sea sincera.

−¿De modo que usted separa la sinceridad de la verdad? −preguntó vivamente Ernesto, riendo.

El doctor Hammerfield permaneció un momento boquiabierto y terminó por balbucir:

−Cualquiera puede equivocarse, joven, cualquiera, el mejor hombre entre nosotros.

Un cambio prodigioso se operó en Ernesto. En un instante se trocó en otro hombre.

−Pues bien, entonces permítame que comience diciéndole que se equivoca, que os equivocáis vosotros todos. No sabéis nada, y menos que nada, de la clase obrera. Vuestra sociología es tan errónea y desprovista de valor como vuestro método de razonamiento.

No fue tanto por lo que decía como por el tono con que lo decía que me sentí sacudida al primer sonido de su voz. Era un llamado de clarín que me hizo vibrar entera. Y toda la mesa fue zarandeada, despertada de su runrún monótono y enervante.

−¿Qué es lo que hay tan terriblemente erróneo y desprovisto de valor en nuestro método de razonamiento, joven? −preguntó el doctor Hammerfield, y su entonación traicionaba ya un timbre desapacible. −Vosotros sois metafísicos. Por la metafísica podéis probar cualquier cosa, y una vez hecho eso, cualquier otro metafísico puede probar, con satisfacción de su parte, que estabais en un error. Sois anarquistas en el dominio del pensamiento. Y tenéis la vesánica pasión de las construcciones cósmicas. Cada uno de vosotros habita un universo a su manera, creado con sus propias fantasías y sus propios deseos. No conocéis nada del verdadero mundo en que vivís, y vuestro pensamiento no tiene ningún sitio en la realidad, salvo como fenómeno de aberración mental... ¿Sabéis en qué pensaba cuando os oía hablar hace un instante a tontas y a locas? Me recordabais a esos escolásticos de la Edad Media que discutían grave y sabiamente cuántos ángeles podían bailar en la punta de un alfiler.

Señores, estáis tan lejos de la vida intelectual del siglo veinte como podía estarlo, hace una decena de miles de años, algún brujo piel roja cuando hacía sus sortilegios en la selva virgen.

Al lanzar este apóstrofe, Ernesto parecía verdaderamente encolerizado. Su faz enrojecida, su ceño arrugado, el fulgor de sus ojos, los movimientos del mentón y de la mandíbula, todo denunciaba un humor agresivo. Era, empero, una de sus maneras de obrar. Una manera que excitaba siempre a la gente: su ataque fulminante la ponía fuera de sí. Ya nuestros convidados olvidaban su compostura. El obispo Morehouse, inclinado hacia delante, escuchaba atentamente. El rostro del doctor Hammerfield estaba rojo de indignación y de despecho. Los otros estaban también exasperados y algunos sonreían con aire de divertida superioridad. En cuanto a mí, encontraba la escena muy alegre. Miré a papá y me pareció que iba a estallar de risa al comprobar el efecto de esta bomba humana que había tenido la audacia de introducir en nuestro medio.

−Sus palabras son un poco vagas −le interrumpió el doctor Hammerfield. ¿Qué quiere usted decir exactamente cuando nos llama metafísicos?

−Os llamo metafísicos −replicó Ernesto− porque razonáis metafísicamente. Vuestro método es opuesto al de la ciencia y vuestras conclusiones carecen de toda validez. Probáis todo y no probáis nada; no hay entre vosotros dos un punto cualquiera sobre el que puedan ponerse de acuerdo. Cada uno de vosotros se recoge en su propia conciencia para explicarse el universo y él mismo. Intentar explicar la conciencia por sí misma es igual que tratar de levantarse del suelo tirando de la lengüeta de sus propias botas.

−No comprendo −intervino el obispo Morehouse. Me parece que todas las cosas del espíritu son metafísicas. Las matemáticas, las más exactas y profundas de todas las ciencias, son puramente metafísicas. El menor proceso mental del sabio que razona es una operación metafísica. Usted, sin duda, estará de acuerdo con esto.

−Como usted mismo lo dice −sostuvo Ernesto−, usted no comprende. El metafísico razona por deducción, tomando como punto de partida su propia subjetividad; el sabio razona por inducción, basándose en los hechos proporcionados por la experiencia. El metafísico procede de la teoría a los hechos; el sabio va de los hechos a la teoría. El metafísico explica el universo según él mismo; el sabio se explica a sí mismo según el universo.

−Alabado sea Dios porque no somos sabios −murmuró el doctor Hammerfield con aire de satisfacción beata.

−¿Qué sois vosotros, entonces?

−Somos filósofos.

−Ya alzasteis el vuelo −dijo Ernesto riendo. Os salís del terreno real y sólido y os lanzáis a las nubes con una palabra a manera de máquina voladora. Por favor, vuelva a bajar usted y dígame a su vez qué entiende exactamente por filosofía.

−La Filosofía es... −el doctor Hammerfield se compuso la garganta− algo que no se puede definir de manera comprensiva sino a los espíritus y a los temperamentos filosóficos. El sabio que se limita a meter la nariz en sus probetas no podría comprender la filosofía.

Ernesto pareció insensible a esta pulla. Pero como tenía la costumbre de derivar hacia el adversario el ataque que le dirigían, lo hizo sin tardanza. Su cara y su voz desbordaban fraternidad benigna.

−En tal caso, usted va a comprender ciertamente la definición que voy a proponerle de la Filosofía. Sin embargo, antes de comenzar, lo íntimo, sea a hacer notar los errores, sea a observar un silencio metafísico. La Filosofía es simplemente la más vasta de todas las ciencias. Su método de razonamiento es el mismo que el de una ciencia particular o el de todas. Es por este método de razonamiento, método inductivo, que la Filosofía fusiona todas las ciencias particulares en una sola y gran ciencia. Como dice Spencer, los datos de toda ciencia particular no son más que conocimientos parcialmente unificados, en tanto que la Filosofía sintetiza los conocimientos suministrados por todas las ciencias. La Filosofía es la ciencia de las ciencias, la ciencia maestra, si usted prefiere. ¿Qué piensa usted de esta definición?

−Muy honorable... muy digna de crédito −murmuró torpemente el doctor Hammerfield.

Pero Ernesto era implacable.

−¡Cuidado! −le advirtió. Mire que mi definición es fatal para la metafísica:

Si desde ahora usted no puede señalar una grieta en mi definición, usted será inmediatamente descalificado por adelantar argumentos metafísicos. Y tendrá que pasarse toda la vida buscando esa paja y permanecer mudo hasta que la haya encontrado.

Ernesto esperó. El silencio se prolongaba y se volvía penoso. El doctor Hammerfield estaba tan mortificado como embarazado. Este ataque a mazazos de herrero lo desconcertaba completamente. Su mirada implorante recorrió toda la mesa, pero nadie respondió por él. Sorprendí a papá resoplando de risa tras su servilleta.

−Hay otra manera de descalificar a los metafísicos −continuó Ernesto, cuando la derrota del doctor fue probada−, y es juzgarlos por sus obras. ¿Qué hacen ellos por la humanidad sino tejer fantasías etéreas y tomar por dioses a sus propias sombras? Convengo en que han agregado algo a las alegrías del género humano, pero ¿qué bien tangible han inventado para él? Los metafísicos han filosofado, perdóneme esta palabra de mala ley, sobre el corazón como sitio de las emociones, en tanto que los sabios formulaban ya la teoría de la circulación de la sangre. Han declamado contra el hambre y la peste como azotes de Dios, mientras los sabios construían depósitos de provisiones y saneaban las aglomeraciones urbanas. Describían a la tierra corno centro del universo, y para ese tiempo los sabios descubrían América y sondeaban el espacio para encontrar en él estrellas y las leyes de los astros. En resumen, los metafísicos no han hecho nada, absolutamente nada, por la humanidad. Han tenido que retroceder paso a paso ante las conquistas de la ciencia. Y apenas los hechos científicamente comprobados habían destruido sus explicaciones subjetivas, ya fabricaban otras nuevas en una escala más vasta para hacer entrar en ellas la explicación de los últimos hechos comprobados. He aquí, no lo dudo, todo lo que continuarán haciendo hasta la consumación, de los siglos. Señores, los metafísicos son hechiceros. Entre vosotros y el esquimal que imaginaba un dios comedor de grasa y vestido de pieles, no hay otra distancia que algunos miles de años de comprobaciones de hechos.

−Sin embargo, el pensamiento de Aristóteles ha gobernado a Europa durante doce siglos −enunció pomposamente el doctor Ballingford−; y Aristóteles era un metafísico.

El doctor Ballingford paseó sus ojos alrededor de la mesa y fue recompensado con signos y sonrisas de aprobación.

−Su ejemplo no es afortunado −respondió Ernesto. Usted evoca precisamente uno de los períodos más sombríos de la historia humana, lo que llamamos siglos de oscurantismo: una época en que la ciencia era cautiva de la metafísica, en que la física estaba reducida a la búsqueda de la piedra filosofal, en que la química era reemplazada por la alquimia y la astronomía por la astrología. ¡Triste dominio el del pensamiento de Aristóteles!

El doctor Ballingford pareció vejado, pero pronto su cara se iluminó y replicó: −Aunque admitamos el negro cuadro que usted acaba de pintarnos, usted no puede menos de reconocerle a la metafísica un valor intrínseco, puesto que ella ha podido hacer salir a la humanidad de esta fase sombría y hacerla entrar a la exila claridad de los siglos posteriores.

−La metafísica no tiene nada que ver en todo eso −contestó Ernesto.

−¡Cómo! −exclamó el doctor Hammerfield . ¿No fue, acaso, el pensamiento especulativo el que condujo a los viajes de los descubridores?

−¡Ah, estimado señor! −dijo Ernesto sonriendo−, lo creía descalificado. Usted no ha encontrado todavía ninguna pajita en mi definición de la Filosofía, de modo que usted está colgado en el aire. Sin embargo, como sé que es una costumbre entre los metafísicos, lo perdono. No, vuelvo a decirlo, la metafísica no tiene nada que ver con los viajes y descubrimientos. Problemas de pan y de manteca, de seda y de joyas, de moneda de oro y de vellón e, incidentalmente, el cierre de las vías terrestres comerciales hacia la India, he aquí lo que provocó los viajes de descubrimiento. A la caída de Constantinopla, en 1453, los turcos bloquearon el camino de las caravanas de hindúes, obligando a los traficantes de Europa a buscar otro. Tal fue la causa original de esas exploraciones. Colón navegaba para encontrar un nuevo camino a las Indias; se lo dirán a usted todos los manuales de historia. Por mera incidencia se descubrieron nuevos hechos sobre la naturaleza, magnitud y forma de la tierra, con lo que el sistema de Ptolomeo lanzó sus últimos resplandores.

El doctor Hammerfield emitió una especie de gruñido.

−¿No está de acuerdo conmigo? −preguntó Ernesto. Diga entonces en dónde erré.

−No puedo sino mantener mi punto de vista −replicó ásperamente el doctor Hammerfield. Es una historia demasiado larga para que la discutamos aquí.

−No hay historia demasiado larga para el sabio −dijo Ernesto con dulzura. Por eso el sabio llega a cualquier parte; por eso llegó a América.

No tengo intenciones de describir la velada entera, aunque no me faltan deseos, pues siempre me es grato recordar cada detalle de este primer encuentro, de estas primeras horas pasadas con Ernesto Everhard.

La disputa era ardiente y los prelados se volvían escarlata, sobre todo cuando Ernesto les lanzaba los epítetos de filósofos románticos, de manipuladores de linterna mágica y otros del mismo estilo. A cada momento los detenía para traerlos a los hechos: "Al hecho, camarada, al hecho insobornable", proclamaba triunfalmente cada vez que asestaba un golpe decisivo.

Estaba erizado de hechos. Les lanzaba hechos contra las piernas para hacerlos tambalear, preparaba hechos en emboscadas, los bombardeaba con hechos al vuelo.

−Toda su devoción se reserva al altar del hecho −dijo el doctor Hammerfield. −Sólo el hecho es Dios y el señor Everhard su profeta −parafraseó el doctor Ballingford.

Ernesto, sonriendo, hizo una señal de asentimiento.

−Soy como el tejano −dijo−; y como lo apremiasen para que lo explicara, agregó: −Sí, el hombre de Missouri dice siempre: "Tiene que mostrarme eso"; pero el hombre de Tejas dice: "Tengo que ponerlo en la mano". De donde se desprende que no es metafísico.

En cierto momento, como Ernesto afirmase que los filósofos metafísicos no podrían soportar la prueba de la verdad, el doctor Hammerfield tronó de repente:

−¿Cuál es la prueba de la verdad, joven? ¿Quiere usted tener la bondad de explicarnos lo que durante tanto tiempo ha embarazado a cabezas más sabias que la suya?

−Ciertamente −respondió Ernesto con esa seguridad que los ponía frenéticos. Las cabezas sabias han estado mucho tiempo y lastimosamente embarazadas por encontrar la verdad, porque iban a buscarla en el aire, allá arriba. Si se hubiesen quedado en tierra firme la habrían encontrado fácilmente. Sí, esos sabios habrian descubierto que ellos mismos experimentaban precisamente la verdad en cada una de las acciones y pensamientos prácticos de su vida.

−¡La prueba! ¡El criterio! −repitió impacientemente el doctor Hammerfield. Deje a un lado los preámbulos. Dénoslos y seremos como dioses.

Había en esas palabras y en la manera en que eran dichas un escepticismo agresivo e irónico que paladeaban en secreto la mayor parte de los convidados, aunque parecía apenar al obispo Morehouse.

−El doctor Jordan lo ha establecido muy claramente −respondió Ernesto. He aquí su medio de controlar una verdad: "¿Funciona? ¿Confiaría usted su vida a ella?"

−¡Bah! En sus cálculos se olvida usted del obispo Berkeley −ironizó el doctor Hammerfield. La verdad es que nunca lo refutaron.

−El más noble metafísico de la cofradía −afirmó Ernesto sonriendo−, pero bastante mal elegido como ejemplo. Al mismo Berkeley se lo puede tomar como ejemplo de que su metafísica no funcionaba.

Al punto el doctor Hammerfield se encendió de cólera, ni más ni menos como si hubiese sorprendido a Ernesto robando o mintiendo.

−Joven −exclamó con voz vibrante−, esta declaración corre pareja con todo lo que ha dicho esta noche. Es una afirmación indigna y desprovista de todo fundamento.

−Heme aquí aplastado −murmuró Ernesto con compunción. Desgraciadamente, ignoro qué fue lo que me derribó. Hay que "ponérmelo en la mano", doctor.

−Perfectamente, perfectamente −balbuceó el doctor Hammerfield. Usted no puede afirmar que el obispo Berkeley hubiese testimoniado que su metafísica no fuese práctica. Usted no tiene pruebas, joven, usted no sabe nada de su metafísica. Esta ha funcionado siempre.

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