Diarios impresos y digitales, cada uno en su laberinto
El periodismo, Internet, ¿y después?

 

Vértigo: el desconcierto sacude a los medios tradicionales. La crisis financiera y la furtiva evolución de Internet agitan a su paso ciudades de edificios construidos bajo convenciones, verdades y mentiras funcionales a un tiempo en el que las comunicaciones eran otra cosa. La producción, la distribución y el consumo de noticias cambian de manera brutal. Y aquellos emporios mediáticos, con otras relaciones sociales, nuevas alianzas y menos periodistas, se quedaron sin respuestas para cada vez más preguntas.

Es inédito el avance de Internet e inclasificable su impacto. Ningún medio dio un salto cuantitativo que se le compare. Es algo que se viene preanunciando hace rato, al menos desde 1995, cuando los grandes diarios del mundo hicieron punta desembarcando en la web. Pero parece que el terremoto recién asoma ahora, batido con la crisis que sacude al planeta entero. A fines de 1980 o a principios de 1990, en coincidencia con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, la World Wide Web no era nada, pero 20 años después tiene 1.500 millones de usuarios y un sinfín de herramientas para entretenerse. El 23% de la población mundial está online y todos, técnicamente, pueden contactarse entre sí.

En diciembre pasado un estudio del Pew Research Center documentó lo que está a la vista: Internet desplazó a los diarios en el consumo de noticias.Para entonces, ya eran cuatro de cada 10 los estadounidenses que se informaban a través de Internet contra un 35% que todavía elige los diarios de papel. En franco descenso desde 2001, la prensa escrita perdió 10 puntos porcentuales.Y no parece ser una tormenta pasajera.

La televisión, aunque a paso más lento, también pierde audiencia.Y esto es especialmente palpable entre la población sub 30 donde el porcentaje de consumidores de noticias está empatado en 59 puntos para web y TV. Para tener una idea del salto, en septiembre de 2007 esta relación era de 68% a 34% a favor de la TV. Ahora son otras las leyes que rigen el flujo de las noticias. Y estas se imponen en el nombre de una nueva deidad: los usuarios con voz y voto. Es cierto, de los habitantes que quedaron afuera de semejante burbuja pocos se acuerdan. Visto desde el otro lado, el 72% de los latinoamericanos jamás tocó un mouse.

El fenómeno es complejo. La rentabilidad y la facturación han sido desde el comienzo dos barreras para que los gigantes de la prensa mundial dudaran en invertir en bits. Del lado de los consumidores, la gratuidad ha terminado por imponerse. De esto saben mucho las discográficas y las grandes productoras de Hollywood que siguen viendo cómo el negocio se va agrietando. La historia es otra para los medios, que viven sobre todo de la publicidad. Pero ya se ha visto el hundimiento de los avisos clasificados, vapuleados por empresas internéticas. Los blogs, Youtube, las redes sociales, Twitter y los buscadores, compiten con el periodismo y lo hacen en plataformas múltiples que incluyen a los teléfonos celulares y hasta los videojuegos. En este terreno, las armas del periodismo no han sido bien fraguadas.

Ridícula, a veces paradójica, la defensa más elocuente que los pensadores de la comunicación hacen de los diarios es el soporte. "A la gente le gusta leer en papel", dicen. Y es probable que no se equivoquen. Pero el desafío que enfrenta la industria periodística por el alto costo del papel o la pérdida de los ingresos publicitarios parece menor frente a los retos que le trae el mundo online. Ya no alcanzan frases como aquella que pide reservarles a los diarios el análisis para dejarle la actualidad a la web. Los medios pueden marcar la cancha dentro de sus empresas o redacciones, pero en Internet esa decisión poco es lo que pesa. Hay que hacer buenos diarios y buenos sitios, y tal vez algo más.

Pero ya hay un desgaste en la confianza que los lectores tienen por sus medios. Bastará ver la infinidad de cambios que los diarios de papel han hecho en pro de lo visual y lo popular. Y llevados a Internet, muchos de estos medios o se convierten en un espejo de su matriz de papel o quieren ser más internéticos que sus propios usuarios. En síntesis, la forma ha relegado al contenido, a la investigación y al análisis. Y ahora es cada vez más difícil torcer el timón. No se puede llevar un barco de un lado a otro sin marear a sus tripulantes.

Claro que hay excepciones. Da envidia el caso de The Economist, la revista británica que apostó siempre a la calidad pese al estridente canto de las sirenas. Mientras la circulación de revistas se derrumbó un 25% en el último año en Estados Unidos (allí el magazine tiene a la mitad de sus lectores) The Economist creció el 6%. El ideal de la prensa, que pocas veces se cumple, dirá que los reporteros, los editores y algunos medios tienen la responsabilidad de investigar y producir noticias para velar por la democracia. Esos medios son necesarios, aunque desnuden cada vez menos "watergates" o se peleen por la pauta oficial.

Nadie sabe a ciencia cierta qué necesidades informativas cubrirá la web en el corto plazo. Uno puede dudar del tenor de las relaciones humanas que se tejen en Facebook, pero también allí circulan noticias. Es cierto que el robot de Google News es frío y calculador, pero sigue exprimiendo (organizando) las novedades del mundo. Es triste que haya millones de blogs sin sentido, pero quién no festeja las voces calladas que resurgieron en Blogspot. Y nadie dice que todo esto sea sinónimo de democracia.

Ese también es otro debate. Aunque cualquiera puede producir y publicar sus contenidos, el acceso a la diversidad de fuentes sea más amplio que nunca, haya archivo de lo que busquemos, casi todo sea gratis, y el poder de los medios se haya desplazado a nuevos actores como Google. ¿Cómo es que millones de usuarios se han entregado a empresas como Google o Facebook? ¿Hubieran hecho lo mismo si un gobierno les pidiera la información que ya dieron? ¿Qué objetivos tienen estas empresas globales?

Los usuarios quieren noticias masticadas, pero no comen vidrio. Entre ellos siempre hay un sabio para enmendar cualquier error. Inteligencia colectiva le llaman. Y a diferencia de los medios tradicionales, en Internet les sobran herramientas para contrastar opiniones, para disentir o para acompañar. Muchas de estas herramientas fueron creadas por ellos mismos y muchas son usufructuadas por oportunistas que las tienen servidas. Cada vez hay más periodistas sin fines de lucro. ¿Serán confiables? Es cierto que no se escribe ni se edita ni se contrastan fuentes para publicar en Internet como si se lo hiciera para un medio de papel o un documental televisivo. Se es más banal en Internet. Y esa banalidad es contagiosa. Pero esto tiene varias razones. Internet está en constante desarrollo (que no justifica el error ni la mentira), que permite corregir, cambiar y borrar de un plumazo (de un teclazo). Hay pros y contras a la hora de faltar a un soporte físico, en este caso hay ambas cosas.

Otra cosa que falta es la noción de cierre. Una convención cultural que ha sabido de matutinos y vespertinos, de primeras hasta séptimas ediciones. Pero que tambalea. ¿Quién dice que las noticias se congelan? ¿Quién piensa en volver corriendo a su casa para ver el noticiero? La ubicuidad de Internet, el que las cosas ocurran cuando se está conectado, son armas cruciales frente al resto de los medios. Este también es otro debate.

El universo ya es otro. En la web, el usuario promedio busca y ofrece videos en Youtube, lee y agrega definiciones y biografías en Wikipedia, se busca solo en Google, y produce contenidos para su blog, flog o lo que fuere. No todos son periodistas ciudadanos, pero podrían serlo; pocos son profesionales de la comunicación, pero dicen cosas. En Internet las compañías de medios dicen casi todos lo mismo. Se miran, se espían, se copian, se mimetizan. Sucede al menos en la prensa nacional. Tampoco aquí el soporte es garantía de subsistencia.

Cunde la amenaza también para los medios online. Para sus ambiciones de masivos. Esa tormenta, que avanza lenta por los cielos de cualquier redacción, sigue sumando nubarrones. Como ejemplo se podrá ver el lento crecimiento de usuarios que suman los principales portales. Migajas en comparación con la generosa curva que sigue reportando la web. A dónde van los usuarios.

Qué harán del periodismo. Qué normas van a seguir, a establecer. Internet es rápida para muchas cosas, pero no para llenar el vacío creado por las innumerables pérdidas que sufren los periódicos.

Daniel Pignon



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