América XXI

Estados Unidos se retira de Irak

Fecha de publicación: 02/09/10
Foto Estados Unidos reemplaza militares por mercenarios contratados por empresas privadas

Destruir y huir:  Washington retiró el 18 de agosto sus tropas de combate de Irak, pero la hipócritamente denominada “Operación Libertad” continúa. La decisión tuvo lugar cuando se derrumba la popularidad del presidente Barack Obama, el apoyo a las guerras en Afganistán e Irak es cada vez menor y los suicidios de los soldados estadounidenses crecen sin cesar. La presencia imperial continúa en Irak de dos maneras: 50 mil militares permanecerán por lo menos hasta fines de 2011; y formaciones mercenarias contratadas y dirigidas por el Departamento de Estado ocuparán el lugar de los militares conducidos por el Pentágono.



 

"Estamos acabando la guerra pero no nuestro trabajo en Irak”, anunció el vocero del Departamento de Estado, Philip Crowley. Y agregó: “tenemos allí un compromiso a largo plazo”. El Departamento de Estado asumirá muchas de las responsabilidades que tenía el Pentágono e incrementará su número de agentes de seguridad privada de 2.700 a no menos de 7 mil. La disminución de tropas será parcialmente suplida por contingentes mercenarios reclutados en diferentes puntos del planeta.

“El retiro es un ejercicio de semántica: lo que hoy los soldados llamarían operaciones de combate –caza de insurgentes, redadas conjuntas con fuerzas de seguridad iraquíes para matar o arrestar militantes- continuará, pero se llamará ‘operaciones de estabilidad’”, afirmó Steven Lee Myres, periodista de The New York Times que realiza la cobertura de la ocupación a Irak. Ese diario reveló que más de 1.200 tareas que desarrollaban las Fuerzas Armadas en Irak están siendo progresivamente transferidas a manos de personal civil o a iraquíes y, sólo en algunos casos, eliminadas.

El primer día de septiembre comenzó la operación “Nuevo Amanecer”. Los soldados estadounidenses que permanecen en el país cumplirán misiones de asesoramiento y entrenamiento de las fuerzas iraquíes. El programa costará entre 2 mil y 3 mil millones de dólares e incluye que el Departamento de Estado se haga cargo del entrenamiento de la policía local el año que viene, entre otras muchas tareas de control interno. Desde comienzos de 2009 las tropas estadounidenses vienen realizando un repliegue de las ciudades hacia las 94 bases militares que Estados Unidos posee en Irak. Por esta razón analistas insospechados vincularon la noticia de la retirada con las elecciones legislativas que tendrán lugar el 2 de noviembre próximo. El general Ray Odierno, jefe de las tropas en Irak, dijo que no creía que se cumpliera la promesa de una retirada militar total en 2011. Y en una entrevista con las cadenas CBS y CNN evitó hacer un balance de la ocupación: “Pueden pasar varios años antes de que podamos determinar si la guerra fue un éxito o no”.

Desde la óptica de Estados Unidos, la invasión implicó un gasto de más de 700 mil millones de dólares, sin contar los futuros pagos de intereses y los costos de las atenciones médicas de larga duración para los soldados heridos, en un contexto de crisis económica. Legisladores iraquíes adelantaron que los fondos destinados a la reconstrucción del país no alcanzarán. También significó 4.420 bajas en el Ejército de Estados Unidos, que continúan en aumento a pesar de la retirada parcial.  Y una enorme y ascendente cantidad de suicidios que se producen tras el regreso. Estos hechos generaron un creciente rechazo  a la invasión a Irak en el país ocupante.

 

Devastación

Las estadísticas demuestran que Estados Unidos deja a Irak sumido en el caos. Los bombardeos destruyeron gran parte de la infraestructura nacional. Los recursos escasean en todo el país. A pesar de la enorme cantidad de reservas energéticas que hay en Irak, millones de habitantes no tienen acceso a los servicios básicos; sólo un 25% de los hogares están conectados al sistema de alcantarillado público; en algunas regiones el suministro de electricidad se limita a dos horas diarias y el desempleo ronda el 60%, según la organización británica no gubernamental Stop the War.

El estudio Mercer sobre la calidad de vida, publicado el pasado 26 de mayo, ubicó a Bagdad en la última posición de una lista de 215 ciudades y la consideró la menos segura del mundo. El estudio tenía en cuenta factores políticos, económicos, ecológicos, sociales y culturales. Otros informes recientes de dos agencias internacionales hallaron que del millón y medio de iraquíes internamente desplazados, por lo menos 500 mil viven en miserables campamentos ilegales sin tener acceso a la atención sanitaria ni a ningún servicio público.

Las estadísticas oficiales dirán que poco más de 110 mil personas, más del 95% civiles, murieron a causa de la invasión desde el 2003. Sin embargo, se calcula que 1 millón 200 mil personas fallecieron desde los primeros bombardeos, si se tienen en cuenta los enfrentamientos internos entre chiítas y sunitas y los atentados perpetrados en todo el país, exacerbados más allá de toda medida por las tropas de ocupación estadounidenses.

Si bien las autoridades locales pueden capitalizar políticamente el anuncio de la retirada, dado el amplio rechazo a la ocupación, muchos legisladores iraquíes fueron muy críticos con la decisión de Obama, por el fuerte aumento de los enfrentamientos y atentados que generó este año. En julio murieron 535 personas, la cifra más alta en dos años. Y un día antes de que los medios anunciaran la retirada, un atentado suicida provocó 47 muertes en el centro de Bagdad (el cuarto de ese tipo en menos de treinta días).

Estas cifras y la devastación previa dan la verdadera medida de la llamada “democratización” de Irak, calificada como exitosa por altos funcionarios estadounidenses, pese a que para las recientes elecciones legislativas fueron proscriptos más de 500 candidatos y durante la jornada electoral hubo una escalada violenta con decenas de muertos.

 

Causas reales

Mientras el anuncio de la retirada de las tropas ocupaba la agenda mediática, otra noticia se deslizó sin mucha cobertura. La compañía Halliburton se transformó en gerente del proyecto de explotación del gigantesco yacimiento petrolero de Majnoon, uno de los mayores del mundo y de los pocos que quedaban intactos, ubicado al sur de Irak.

En diciembre de 2009 la petrolera Shell asociada a Petronas, compañía estatal de Malasia, había alcanzado un acuerdo con las autoridades iraquíes para desarrollar ese yacimiento. Ese mes Irak realizó la segunda subasta de contratos petroleros desde la invasión estadounidense en 2003. Ambas compañías sólo abonarán al gobierno una comisión de 1,39 dólares por barril y prometieron producir 1 millón 800 mil barriles diarios. A los actuales precios del mercado, dejarían al gobierno menos del 2% de lo obtenido por sus ventas.

Halliburton, que acaba de ingresar en este negocio, no es una corporación más. Esta multinacional dedicada a la prestación de servicios en los yacimientos petrolíferos tuvo como consejero delegado al ex vicepresidente de la administración Bush, Richard Cheney, entre 1995 y el año 2000, cuando comenzó la campaña electoral. Cheney cobró una indemnización por despido de 36 millones de dólares ese año. Además, la compañía se vio involucrada en un escándalo en 2006, cuando se descubrió que, desde el comienzo de la invasión hasta principios de ese año, había obtenido 16 mil millones de dólares del gobierno en contratos obtenidos sin licitación para la alegada reconstrucción de Irak.

Desde el comienzo de la invasión estuvo claro que el verdadero interés de Estados Unidos radicaba en el control de los recursos petroleros del país. George W. Bush prácticamente confirmó esta intención con la Ley de Presupuesto de Defensa para 2008, que tenía como objetivo garantizar el costo militar aunque se prohibiera la ley, entre otras cosas: “Para que Estados Unidos ejerza el control sobre los recursos petroleros de Irak”, según se lee en la propia ley firmada por Bush.

Además, la Estrategia Nacional de Defensa de 2008 declaró: “Los intereses de Estados Unidos incluyen (…) asegurar el patrimonio común y el acceso a los mercados y recursos mundiales. Para lograr estos intereses, Estados Unidos ha desarrollado capacidad militar (…) ha utilizado la diplomacia y el poder sutil (…) y utiliza la fuerza cuando es necesario. Estas herramientas ayudan a conformar el marco estratégico con el que Estados Unidos planifica el futuro y nos ayudan a alcanzar nuestro fines”.

Los objetivos imperiales han prevalecido por sobre intereses y derechos del pueblo de Irak. Sus recursos petroleros han sido desnacionalizados y entregados a las grandes corporaciones multinacionales, directas beneficiarias de la ocupación. El gasto de guerra alimenta la industria y deriva ganancias a empresas estadounidenses. A cambio de negocios que disimulan su crisis, el monstruo malherido retrocede dejando a su paso destrucción y muerte.

Cronología de la ocupación

El ataque a Irak en 2003 tuvo como justificación que su presidente, Saddam Hussein, poseía o buscaba desarrollar “armas de destrucción masiva”, nucleares, biológicas y químicas. El otro argumento que dio públicamente el ex presidente George W. Bush fue que el gobierno de ese país tenía vínculos con la organización terrorista Al Qaeda. El bombardeo comenzó en las primeras horas del 20 de marzo del 2003, en violación a todo principio de derecho internacional. Estados Unidos desoyó las votaciones del Consejo de Seguridad de la ONU. En pocas semanas las tropas derrocaron al gobierno de Hussein y el 9 de abril capturaron Bagdad. Cayó la estatua de Saddam pero comenzó la resistencia. Estados Unidos creó una autoridad de ocupación y el 1 de mayo de mayo del 2003, desde un portaaviones estadounidense, Bush dijo “misión cumplida”, a pesar de no haber encontrado ningún armamento nuclear o químico en Irak. Las imágenes de destrucción y saqueo de la milenaria Biblioteca de Bagdad son un símbolo de la entronización de la barbarie y el aniquilamiento cultural.
En diciembre de 2003 fue capturado Saddam Hussein. La resistencia se extendió, con una escalada inusitada de atentados y asesinatos en diferentes ciudades del país. En junio de 2004 Estados Unidos promocionó la llamada “transferencia de soberanía al pueblo iraquí”. Unos meses antes se publicaron fotografías que mostraban las violaciones a los derechos humanos por parte de los militares norteamericanos en la cárcel de Abu Ghraib. Tiempo después, el llamado a elecciones para la Asamblea Nacional Transitoria fue ampliamente rechazado por la población sunita, que históricamente había dominado la política de Irak.
En febrero de 2006 se produjo el bombardeo de la Mezquita de Askariya en Samarra, uno de los santuarios chiítas más venerados, y se desató un enfrentamiento civil armado entre sunitas y chiítas. Cada día morían en Bagdad cientos de personas por las explosiones de bombas y se multiplicaron los desplazamientos forzados al interior del país y a los campos de refugiados de la frontera.
A fines de 2006 las bajas estadounidenses ya llegaban a 3.000 y el sentimiento popular contra la guerra determinó el triunfo de los demócratas en las elecciones legislativas. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld, uno de los principales planificadores de la ocupación, renunció al día siguiente de la votación. Pero George W. Bush ordenó un gran aumento de las fuerzas estadounidenses de ocupación, que rápidamente pasaron a 130 mil soldados y luego a 170 mil.
Los demócratas estadounidenses capitalizaron el rechazo popular a las guerras en Irak y Afganistán, especialmente Obama, aunque en 2008 la atención de los ciudadanos pasó de Irak a la crisis económica capitalista. En julio de ese año Bush acordó retirar todas las tropas en 2011 y pasar algunas tareas a las fuerzas iraquíes. Obama sólo tuvo que consumar este acuerdo para poder afirmar, en agosto, que había cumplido su promesa electoral de “traer los soldados a casa”.