Triunfo de la independencia política suramericana
Lula y Kirchner viajaron a Caracas antes de la visita de Chávez a Colombia
Paréntesis: lo que pareció resolverse en una reunión de cuatro horas en Santa Marta, fue resultado de una estrategia delineada entre Caracas, Brasilia y, circunstancialmente, Buenos Aires: acabar con la ofensiva imperialista y, de manera simultánea, revitalizar Unasur como instrumento político emancipador. Cada gobierno hizo lo suyo: Chávez respondió con firmeza inimaginada por sus enemigos; y Lula da Silva impuso su liderazgo para frenar una guerra que acabaría afectándolo también a él. Kirchner –ocasional secretario general de Unasur que tardó algunos días en ponerse su ropa de trabajo- fue anoticiado de la gravedad de la situación y recibió el mandato de hacer cumplir el plan. El gran logro no fue haber firmado la paz con Santos, sino haber frenado la guerra de Uribe.
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La decisión del gobierno de Venezuela de recomponer sus relaciones diplomáticas, políticas y comerciales con Colombia sólo pudo ser posible gracias a un entramado de circunstancias y acciones convergentes. El entusiasmo, mucho más palpable en Caracas que en Bogotá, refleja una serie de reacciones coordinadas que arrastraron al nuevo presidente colombiano a firmar el acuerdo de Santa Marta y a Washington a rehacer su estrategia contrarrevolucionaria.
El ejercicio de revisar los hechos recientes, releer declaraciones de los principales actores y redescubrir sus acciones permite configurar el escenario, cuando ya se han apagado las luces. Hugo Chávez y Juan Manuel Santos se mostraron alineados tras el acuerdo de Santa Marta, pero saben –y así lo admitieron, aunque con otras palabras- que el traspié está a la vuelta de la esquina.
Minimizar la magnitud del acuerdo logrado entre ambos países el 10 de agosto implica desconocer que hubo un escenario de guerra en los días previos. La decisión de Chávez y Santos de “pasar la página” es un paso gigantesco. Pero el ejercicio de reconstruir la confianza no implica que se la haya recuperado. “Santos y Chávez hablaron muy francamente de las diferencias, pero lo que está en juego ahora es forjar una relación bilateral basada en el respeto del uno hacia el otro”, admitió después del acuerdo la canciller colombiana, María Ángela Holguín.
El tiempo es oro
Ninguno de los aspectos comerciales mencionados en el documento final de Santa Marta está en riesgo. Su cumplimiento es cuestión de tiempo y de disponibilidad de dólares. Al fin de cuentas, el máximo volumen de negocios entre ambos países se alcanzó en 2008, paradójicamente cuando la última estrategia mesiánica de Álvaro Uribe contra Ecuador y Venezuela comenzaba a materializarse. En todo caso, lo más acuciante de la paralización del comercio bilateral son las consecuencias sociales que tiene para millones de colombianos y venezolanos.
Como se sabe, el problema de fondo no es el comercio bilateral sino lo que las autoridades colombianas (las nuevas y las viejas) llaman “seguridad”. Chávez y Santos prometieron trabajar de forma conjunta para evitar la presencia de grupos armados ilegales en la frontera común. Y el presidente venezolano reiteró que no apoya, ni permite ni permitirá la presencia de la guerrilla ni de ningún otro “grupo violento”. Pero la dinámica de los grupos armados hace que las fronteras sean perforadas permanentemente, tanto las que dan a Venezuela como las de Ecuador y Brasil. Las garantías que Colombia exige a sus países vecinos llegarán sólo con el fin de la violencia interna en el país.
Pero el rol de Colombia como trampolín del imperio sigue tan latente como lo estaba con Uribe. La tibieza del “saludo” estadounidense al acuerdo entre Caracas y Bogotá (“esperamos que sea positivo”, dijo Hillary Clinton) contrastó nítidamente con la vehemencia de Washington el día que hizo suyas las pruebas “contundentes” y “muy serias” de Uribe contra Chávez y cuando criticó la “desafortunada e insolente” decisión de Venezuela de romper relaciones. Allí están las bases militares que Estados Unidos opera en Colombia, producto de un pacto declarado inconstitucional por la Corte colombiana. Y seguirán estando, como quedó en evidencia en la rueda de prensa de aquella jornada de Santa Marta. Santos pidió no mirar al pasado, pero Chávez reiteró que las bases demandan de Bogotá garantías de que las acciones estadounidenses no pondrán en riego a las naciones vecinas.
Otro elemento insoslayable es la reacción colombiana ante el papel de Unasur en la etapa de acercamiento entre ambos países. Chávez elogió la Unión de Naciones Suramericanas, pero Santos dijo que su acción en esta crisis no excluye a otros organismos, en clara alusión a la OEA, donde Washington aún mueve los hilos.
En el ámbito interno, la feroz disputa entre los distintos sectores de la derecha colombiana por ocupar espacios de poder y de decisión en el nuevo gobierno no se hicieron esperar. El carro-bomba que estalló en Bogotá apenas cinco días después de la posesión de Santos fue revelador. Repentinamente, la Bogotá segura y sólida que dejó Uribe se volvió permeable. Nadie mejor que el Presidente Santos para comprender el mensaje. Si el ataque se lo atribuía a las Farc, habría que romper cualquier intento de acercamiento con la guerrilla (posibilidad abierta por el propio Santos al momento de asumir el cargo). Si el atentado provenía de la derecha extrema –como luego admitirían las autoridades en Bogotá- el jefe de Estado estaría anoticiado de que algo de lo hecho en sus primeras acciones de gobierno había disgustado a sus aliados.
Tres días después de aquella explosión, Santos admitía que aún no se tenían certezas sobre los autores del hecho. Pero para ese momento ya le había cerrado las puertas a las Farc“hasta que abandonen el terrorismo”. Se trata –dijo- “de un perro moribundo que busca restablecer el terror en Colombia”. El Presidente abierto y participativo de las primeras horas volvió sobre sí mismo, al acusar a la senadora Piedad Córdoba de realizar “gestiones paralelas” con la guerrilla, pues lo “único que hace es alejarnos de cualquier posibilidad de diálogo por la paz”. La legisladora acababa de reunirse en Cuba con Fidel Castro.
Ese mismo día, el comandante de las Fuerzas Militares, Edgar Cely, informó que se revisaría la lucha contra el terrorismo con más mano dura: “Analizamos cómo ha variado y dónde se debe cambiar, modificar o reforzar la estrategia de lucha contra el terrorismo. Lo que quieren los terroristas es recobrar una mirada al pasado y volver a tener prensa, sólo hacer ruido”, dijo.
Arquitectos políticos
Alguien tenía que frenar la guerra antes de que detonara. Ese “alguien” es, en verdad, una estrategia delineada entre Caracas, Brasilia y, circunstancialmente, Buenos Aires. Cada gobierno hizo lo suyo: frente a las amenazas guerreristas, Chávez respondió con una firmeza insospechada por sus enemigos. Lula da Silva impuso su liderazgo para frenar una guerra que acabaría afectándolo institucional, política y personalmente. Y Néstor Kirchner –circunstancial secretario general de Unasur- dio seguimiento al cumplimiento de ese plan.
Como informó América XXI en la edición de agosto, la respuesta venezolana incluyó la amenaza de cortar el petróleo a Estados Unidos; la posición varias veces enunciada de “somos amantes de la paz, pero iremos a la guerra si es necesario”; la disponibilidad de todas las fuerzas armadas bolivarianas, incluyendo la milicia popular, y la respuesta incondicional de Alba.
Chávez golpeó a las puertas del enemigo cuando dijo: “si hubiera alguna agresión armada contra Venezuela (…) impulsada por el imperio yanqui, nosotros aún cuando aquí tengamos que comer piedras, le suspenderíamos el envío de petróleo a Estados Unidos, no le enviaríamos una gota de petróleo más a sus refinerías”.
Semejante reacción combinada permitió comprender que una incursión armada colombiana en territorio venezolano desencadenaría una guerra con consecuencias incalculables. Con aquella solidez interna y el respaldo de los países del Alba, Chávez supo desde el primer momento que sería Unasur el organismo encargado de llevar adelante cualquier intento de acercamiento. El pedido de convocatoria de los cancilleres de la Unión de Naciones Suramericanas llegó en el mismo instante en que decidió romper relaciones con el gobierno colombiano saliente. “Yo lo conozco a Uribe (…) le molesta que Venezuela tenga buenas relaciones con el Alba, con el Caribe, con Unasur (…) A la Presidencia pro tempore de Unasur le hemos solicitado que se convoque de manera inmediata un consejo político de Ministros de Relaciones Exteriores de Suramérica (…) y que Unasur asuma entonces una respuesta suramericana a esta agresión”, dijo Chávez aquel día.
La tesis fue clara: la OEA y su secretario general acababan de prestarse al show mediático uribista, desoyendo la advertencia de muchos países latinoamericanos de que la situación tendería a agravarse si, como sucedió, José Miguel Insulza decidía no postergar el pedido de sesión especial realizado por Bogotá, que finalmente se llevó a cabo el 22 de julio.
Una semana después, esa molestia uribista con los mecanismos de integración a la que se refería Chávez cobraría forma en la reunión de cancilleres de Quito, con la reaccionaria exposición del canciller Jaime Bermúdez. Aquel 29 julio, el ministro colombiano dijo en la capital de Ecuador: “las expectativas (de un acercamiento) son muy bajas porque sabemos que el secretario general Néstor Kirchner, no asiste; segundo, que varios cancilleres van a enviar a sus vicecancilleres; tercero, que las conversaciones que he tenido esta semana con los cancilleres de la región me han dicho que la consideran inoportuna o no adecuada en este momento y, cuarto, que en Unasur todas las decisiones se toman por consenso y no creo que vaya a haber consenso en ningunos de los temas”. Allí pudo verse lo que algunos gobiernos de la región parecen ignorar: Colombia se alimentó de las falencias internas de la Unión de Naciones Suramericanas.
Aire para Unasur
Es cierto que Unasur llegó a esta crisis regional bastante maltrecha. Basta revisar algunos de los varios hechos recientes: la decisión, hace algo más de un año, de Argentina y Brasil de sumarse al G-20 sin consultar ni informar a los 10 países restantes fue un verdadero mazazo. Y la posición de Colombia y Perú frente al golpe contra Manuel Zelaya en Honduras desnudó nuevas grietas. En este ámbito, la reunión de los presidentes Chávez y Santos en Santa Marta llegó precedida de un fracaso en la reunión de cancilleres de Quito. La falta de acuerdos y horizontes obligó a que los ministros pidieran el auxilio de los presidentes, al cabo de una reunión donde resultó indefendible la ausencia de Néstor Kirchner, así como la inexistencia de una declaración formal y pública sobre la grave coyuntura.
No menos cierto es que el secretario general de Unasur tardó unos cuantos días en calzarse su ropa de trabajo. Lo hizo sólo después de que Chávez y Lula asumieran la magnitud de la crisis, utilizando la vía directa y oficial (a través del canciller Nicolás Maduro en su maratónica visita por la región y por medio del secretario de Lula, Marco Aurelio García) y de gestos subliminales pero puntuales, como cuando Lula hizo una pausa en su discurso en la Cumbre del Mercosur en San Juan, levantó la vista y preguntó por Kirchner. “No lo veo, debe estar en una reunión bilateral”, dijo, antes de retomar su alocución. En otro tramo de su discurso, irónico, agregó: “Al principio me enojaba porque Néstor no se quedaba a los segundos días en las cumbres. Llegaba y se iba rápido (…) Ahora se tiene que quedar porque es secretario general de la Unasur”. Por eso, el rol mediador de Kirchner no puede leerse si no es bajo el paraguas de Brasilia y Caracas.
Si la figura del presidente de Brasil fue central en esta historia, ¿por qué tendría que mediar el ex presidente argentino y no el propio jefe de Estado brasileño? Sólo cabe una respuesta: porque se trataba de defender y potenciar a Unasur, como lo intentó desde la primera hora el gobierno venezolano. La Unión de Naciones Suramericanas debía salir airosa de esta responsabilidad. Un mal paso hubiese hecho trizas la estructura regional. Personalizar la mediación en un líder del peso de Lula hubiera sido equivalente a enterrar a la Unasur. Y un fracaso frente a la magnitud de la ofensiva debiera leerse como el desmoronamiento de la integración. No hay certezas de que Lula haya aceptado de buena gana esta estrategia.
El Presidente colombiano Juan Manuel Santos debía parar la guerra que tendría que haber estallado en los últimos días de su antecesor. Ése y no otro era el rol que le asignó la estrategia imperialista. Hoy se puede ver esto con mayor nitidez: Uribe desencadenaría la guerra, desestabilizaría a Chávez un mes antes de las cruciales elecciones legislativas en Venezuela, le quitaría peso al sólido espíritu del Alba y deslegitimaría las sinuosas buenas intenciones de Unasur. Santos llegaría al Gobierno para recomponer la paz; una paz sobre la tierra arrasada por el fuego.
La Colombia de Uribe no sólo rechazaba la Unión de Naciones Suramericanas sino que, además, trabajaba desde dentro para desacreditarla. Fue el primer gobierno –junto con Perú- en reconocer a la dictadura hondureña, de espaldas a Unasur. Además, nunca informó al organismo regional el carácter de las bases utilizadas por Estados Unidos en su país, más allá de difundir un documento lavado y previsible. Y no aportó nada constructivo cuando Unasur reaccionó frente a la ofensiva golpista contra Evo Morales en Bolivia.
En esta idea de mirar de reojo a Unasur se inscribe el sucesor de Uribe. Juan Manuel Santos dio gracias al bloque suramericano por ayudar a la recomposición de las relaciones con Venezuela, pero también dijo que “los problemas comunes se resuelven de a dos”. Luego, detalló: “Unasur no es excluyente. No significa que no haya otros mecanismos que consultar para tratar nuestros asuntos”.
Las líneas de Chávez, publicadas cuando Santos asumía la presidencia, fortalecen la estrategia: “La piedra fundamental de la libertad suramericana, para decirlo con el padre Bolívar, ya ha sido puesta. No vacilaremos nunca más, porque sería perdernos. Y quién sabe si la historia nos concedería en las próximas edades otra oportunidad tan maravillosa como lo que vivimos ahora mismo en nuestro tiempo”, escribió.
Agregó el Presidente: “Necesitamos defender el gran edificio de nuestra liberación: la arquitectónica suramericana que, entre todas y todos, estamos levantando. No desmayaremos, ni un instante, y no nos dejaremos intimidar por la recomposición de fuerzas del imperio en las principales regiones estratégicas del globo terráqueo”.
En horas en que el canciller Nicolás Maduro se reunía con su par María Ángela Holguín para delinear una agenda de acercamiento entre ambos presidentes, Chávez escribía: “no nos asustan las amenazas de Washington. No estamos solos, quiero reiterarlo, y nuestras acciones, y las de los Pueblos hermanos, nunca están ni estarán al margen de la responsabilidad colectiva que trasciende nuestras fronteras, pero que, a la vez, permite que nos encontremos en la Patria Grande y diversa que conformamos y nos une. Estamos conscientes de que no hay soluciones nacionales: sería una simple ilusión ante el mar de problemas que agobia a la humanidad entera”.
Nuevos peldaños
Como se dijo: la magnitud del éxito alcanzado en el encuentro de Santa Marta sólo es comparable con el tamaño de la crisis que lo precedió. Los problemas eran dos: parar un ataque armado y revitalizar la Unasur, no por ser la expresión exacta de las ideas emancipadoras de Suramérica, sino por ser el único instrumento válido capaz de frenar el plan estadounidense-colombiano. La idea de Caracas fue siempre la misma: adormecer la ofensiva guerrerista y reavivar a la Unasur. Tal vez el gran mérito de esta maniobra suramericana no haya sido en sí misma haber firmado la paz con Santos, sino haber impedido la guerra de Uribe.
Fue el triunfo de la independencia política suramericana. Estados Unidos no tuvo otra presencia que el previsible adoctrinamiento de su hijo pródigo suramericano. Nadie a esta altura de los hechos puede ignorar que la estrategia de Washington se apoya en Colombia. Pero es justo decir que, de la misma manera, sus enormes garras no encontraron resquicios dónde afirmarse. El sur superó la prueba, aunque el norte volverá a la carga, más temprano que tarde.
Desde Buenos Aires,
Adrián Fernández