Tal como el mundo se ha informado, Twitter y Facebook, respaldadas por Google, dieron lugar en las últimas semanas a una sublevación de masas en países del Norte de África y el Cercano Oriente.
Hay antecedentes. Espartaco produjo una generalizada sublevación de esclavos contra Roma y desató una desigual guerra de casi tres años, en el 73 Antes de Cristo. La clave fue su Black Berry. Fracasó, porque Google no logró restablecer las comunicaciones a tiempo cuando Varinio, el jefe pretoriano enviado por la República imperial a sofocar la sedición, logró de las autoridades el bloqueo de la autopista cibernética.
Tiempo después, en las vísperas de la insurrección de obreros, campesinos y soldados en San Petersburgo, Kerensky abrió un periódico y descubrió que Kamenev yZinoviev –altos dirigentes socialdemócratas opuestos a la toma del poder (porque esto no comenzó con el postmodernismo)– revelaban el plan para oponérsele. El fugaz presidente ruso ordenó sofocar el intento. Rápido como era, Trotsky se conectó con Lenin mediante Skype y entre ambos lograron adelantar la operación y tomar el Palacio de Invierno. Pudieron hacerlo, claro, porque contaban con la información de Wikileaks.
Todo el mundo sabe, además, que Mao y Ho Chi Min derrotaron sin misericordia a burgueses e imperialistas, en China y Vietnam, mediante la red social armada con millones de campesinos a través de Facebook. Más cerca en el tiempo, es conocido que Fidel twiteó al Che, a Raúl y Camilo, para desatar la ofensiva final que derrocó a Batista.
Los diarios The New York Times, The Washington Post, junto a una multitud de cotidianos en el hemisferio seguidores de sus huellas; los semanarios Time, Newsweek, The Economist, más todos quienes repiten sus enfoques; BBC, CNN, con tantos hablistas aptos para hacer variaciones sobre un mismo tema, argumentan con gran despliegue periodístico que en la Plaza Tahrir de El Cairo, en las urbes de Túnez, Bahrein, Marruecos, Yemen, Arabia Saudita; incluso en casos tan diferentes como Argelia y Libia, fueron los sofisticados prodigios de la microelectrónica y la cibernética los factores ocultos de la sublevación de tantos pueblos.
Cabe, como siempre, otra interpretación.
Millones de hambreados, sometidos y humillados por el capitalismo, se levantaron como Espartaco. Y como tantos otros en siglos posteriores. Sin partido, sin estrategia, sin dirigentes reconocidos. Sólo rebeldes. Insurrectos. Enfrentados incluso con revoluciones incapaces de llegar hasta el fin del camino.
Cabe la hipótesis de que, pese a su constante metamorfosis, el sistema dominante no puede ya engañar a las mayorías. Ni contenerlas. No puede siquiera prever 24 horas antes la sublevación de una región clave del planeta para darlo vuelta todo.
Cabe interpretar que el capitalismo ya no puede dar respuesta a la humanidad. Y a la par de la violencia desmesurada, para sostenerse sólo le resta apelar al ridículo.