América XXI
Año VIII
Número 71 – Marzo 2011
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Debate

Por: Por Antonio Peredo Leigue
Fecha de publicación: 01/03/11
Foto Dirigentes y miembros de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos festejan la promulgación de la Constitución Política del Estado en febrero de 2009

Quienes hemos hecho el largo curso revolucionario en América Latina, desde la década de 1950, acostumbramos referirnos a la ideología y estrategia de la revolución como unidad inseparable. Tal concepto rígido determinó nuestro carácter firme, consecuente, inclaudicable, pero alejado del pueblo. En cierta oportunidad académica, alguien terminó su discurso ideológico con una rotunda afirmación: “este es el programa de la revolución; cuando el pueblo lo comprenda, habremos triunfado”. Por supuesto, no sólo él, sino todos estábamos convencidos de que nuestro planteamiento ideológico e incluso político era el correcto. Por su corrección –creíamos– el movimiento popular estaría con nosotros más temprano que tarde. Seguíamos en esa tesitura sin tener la capacidad de ver que la historia nos desmentía a cada momento.

En otra ocasión, Luis Bilbao resumió el planteo en una frase: “parece innecesario insistir: no hay manera de procurar identidad ideológica y a la vez actuar como centro de unidad social y política”.

Somos marxistas, pero hablábamos desde una tribuna. No éramos capaces de escuchar al pueblo y actuar en esa dirección. Entonces se produjo el derrumbe del campo socialista en la Europa Oriental, incluyendo la poderosa Unión Soviética. Quedamos sin discurso o, tal vez, quedamos frente a una hoja en blanco que nos desafiaba a discutir nuestras concepciones, ya no ideologías, deformadas hacía mucho tiempo, hasta convertirse en dogmas indiscutibles.

Fue importante que hubiésemos quedado en esa situación. Precisamente en aquellos primeros años de 1990 se cumplían cinco siglos de la invasión europea a esta tierra que sus habitantes llamaban Abya Yala y que los invasores bautizaron América. Tal circunstancia animó un proceso de recuperación de la identidad indígena originaria que se expresó de múltiples maneras: desde la sublevación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (Ezln) en 1994 en México; pasando por la República Bolivariana de Venezuela hasta la Revolución Democrática Cultural, en 2005, en Bolivia. Una nueva teoría se estaba escribiendo en la acción de los humillados, de los ofendidos, de los expropiados que, de pronto, exigían sus derechos, reclamaban sus propiedades, demandaban el reconocimiento de su identidad enterrada durante tanto tiempo.

Nuestras páginas comenzaron a llenarse con esas voces que admitían múltiples ideologías, diversas estrategias, pero tenían un solo objetivo: la liberación de la tierra y de la sociedad. No era una alianza de clases sociales, era la alianza de la sociedad con la tierra que habita. Es cierto que las clases pobres son las protagonistas, pero se incorporan y seguirán haciéndolo otros sectores de la sociedad.

En Bolivia este proceso comenzó precisamente en 1991 con una extraordinaria marcha de pueblos indígenas que recorrió gran parte del país para llegar a la sede de gobierno, en La Paz, pidiendo tierra y territorio. Tierra como factor productivo; territorio como sustento de la vida. Tierra para cultivar y territorio para vivir. El gobernante de turno debió doblegarse y prometer que se garantizaría la propiedad de la tierra y el respeto del territorio. Pero la estructura del Estado colonial estaba intacta en la concepción de la República y, aunque se dictaron leyes con esa declaración, la acción de los grupos dominantes siguió triturando la tierra y depredando el territorio.

Entonces se sucedieron otras marchas, esta vez para reclamar una nueva Constitución Política, la convocatoria a una Asamblea Constituyente que permitiera refundar este país. De las extensas tierras bajas de Bolivia, llegaban las mujeres y los hombres, los niños y los abuelos de esos pueblos que estaban olvidados, que eran minorías absolutas, caminando incansablemente para decir “estamos aquí, somos la esencia de este país”.

Hubo de transcurrir una década, con la insistencia de esos pueblos, para que los originarios de las tierras altas y los habitantes de las ciudades, comprendieran que ellos también eran parte de esa reivindicación.

En 2000, durante la guerra del agua que protagonizaron todos los habitantes de Cochabamba y con el posterior bloqueo campesino de todas las carreteras, comenzó a concretarse la unidad del pueblo boliviano. Esa acción se extendió hasta las elecciones de 2005, cuando Evo Morales fue elegido presidente de Bolivia, con la misión de refundar el país. Cinco consultas populares y elecciones en los siguientes cuatro años, ratificaron ese mandato.

Recuperar la tierra y sus riquezas ha sido el primer paso. Enfrentar la crisis mundial y mantener una economía en proceso de cambio, es el segundo. Ahora se presentan grandes dificultades, a partir de errores cometidos en el proceso. Hay que enmendarlos y dar el tercer paso.

En política, cada paso es más difícil que el anterior. Y esta es la situación en que nos encontramos. Concluir el segundo paso es afianzar la propiedad del pueblo sobre la tierra y el respeto al territorio que habitamos. Hay grandes tentaciones de buscar soluciones economicistas dejando de lado los otros componentes del problema. Por ese camino se volverá al punto de partida y se perderá todo lo avanzado hasta ahora.

No caben dudas de que debe atenderse la economía. Es indudable que en esto tienen mucho que ver tanto los trabajadores como los empresarios. Hemos pasado ya la etapa del enfrentamiento y hoy podemos combinar estos factores, de modo que incluyamos el componente social en la búsqueda de soluciones. Pero tenemos que hacerlo en función de la recuperación de la identidad de los pueblos originarios y de aquella parte de la sociedad asentada en este territorio. Es necesario ensamblar el componente cultural y, políticamente, hacer converger las ideologías que se encuentran, se reconocen y se desarrollan contribuyendo al proceso de cambio.

Es difícil. Pero nadie dijo que las cosas importantes son fáciles.