América XXI
Año VIII
Número 71 – Marzo 2011
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Entrevista con el pintor y director de animación venezolano César Vázquez 

Por: Desde Caracas, Akaida Libertad Orozco Díaz
Fecha de publicación: 01/03/11
Foto Estación Central es una animación sobre cinco adolescentes presentados como guerrilleros comunicacionales

Compromiso: César Vázquez es artista visual, director de animaciones y filósofo. Creó y animó comerciales institucionales y cortos audiovisuales sobre formación política y temas vinculados al arte. Busca en sus pinturas y producciones interpelar a la sociedad en términos políticos y de manera creativa. Define su pintura como un “dispositivo de agitación” y pretende desarrollar una nueva pedagogía para la juventud a través del nuevo proyecto de dibujos animados que dirige: Estación Central.



¿De qué se trata el proyecto de animación audiovisual Estación Central?¿Por qué ese nombre?


 

Estación Central remite a un sitio de paso, un lugar por donde transita la resistencia global. Es una especie de comando biotecnológico que vive en la Amazonía de nuestro continente y que cada vez incluye a más jóvenes con necesidad de criticar el sistema en el que estamos inmersos, que atenta contra la existencia de nuestro planeta. Por ahora los personajes son cinco adolescentes. De alguna manera son también guerrilleros comunicacionales, aunque de forma muy inconsciente a veces.

 

 

¿Cuál es la idea general de la productora sobre la animación y sobre esta propuesta en particular?


 

Este sería el primer proyecto grande de la productora cooperativa Insurgente. Los ejes temáticos conceptuales que manejamos son arte, comunicación y comunidad. La idea era empezar a generar imaginarios, ficciones con respecto a tramas que estuvieran vinculadas a las corrientes y movimientos libertarios y emancipadores que atravesaban al planeta en ese momento y que lo siguen atravesando ahora. Era necesario generar estos contenidos dedicados a los jóvenes.

 

Un pensamiento crítico tiene que plantearse como una pedagogía para las nuevas generaciones y al mismo tiempo sin necesidad de ser aburrido, sin necesidad de ser profundamente didáctico, aletargador, domesticante.

 

 

Usted también es artista plástico y fue dirigente estudiantil. ¿Cómo confluyeron ambas cuestiones?


 

Recuerdo mi adolescencia como liceísta en medio de una producción artística que tenía que ver con la propaganda política y una dirigencia estudiantil que me exigía de pronto otras posiciones más presentes, otros aportes. Terminaba entonces siendo caricaturista de periódicos, haciendo murales, pancartas, graffiti. Perseguido por los policías y la Disip (Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención) a los 16 ó 17 años. En aquel entonces aún se estilaba criminalizar a la juventud para esconder y enmascarar otras situaciones que se daban en el país. Cuando estudié en la Escuela de Arte Cristóbal Rojas en Caracas y simultáneamente Filosofía en la UCV, descubrí que había una incisión ahí. No entre la filosofía y el arte, que se complementan muy bien, sino entre lo político y lo estético.

 

Finalizando la carrera en la Cristóbal Rojas gané un premio de la Asociación Venezolana de Artistas Plásticos, como Joven Artista de 2003 con mi trabajo de taller. También recibí algunos reconocimientos, entrevistas y otras cosas, pero el arte siempre ha estado conectado a una élite y como soy un sujeto político entonces a veces uno queda fuera de esos espacios, de esos circuitos galerísticos de las élites.

 

 

¿Se considera muralista, pintor de cuadros o simplemente artista plástico?


 

Soy pintor de taller. Pinto donde estoy, donde habito. Parte de habitar es para mí poder pintar. Entiendo que lugares como los museos y las galerías están pasando por una crisis y están en un período de caducidad. Por eso el arte debería ir a las calles. La relación espectador-artista tiene que ser más directa y la calle es el momento de encuentro para la experiencia estética. Yo, sin embargo, sigo pintando donde habito. No soy netamente muralista, pero las piezas que hago, que son de gran formato, las expongo en la calle. A veces incluso antes que en cualquier otro espacio.

 

 

¿Cómo define su pintura, su proceso de creación?


 

Mi pintura es un dispositivo de agitación. El trabajo más reciente tiene un carácter profundamente político, totalmente permeado por el proceso en que vivimos. Para mi último trabajo empecé a pintar motorizados, una gran fuerza laboral que ocupa el último eslabón, casi con un carácter lumpen. El motorizado ha sido muy excluido y criminalizado. Esos eran los sujetos que a mí me interesaba pintar.

 

Cuando el arte rescata el carácter comunicacional –su esencia comunicacional– necesariamente tiene que ser político. Yo no creo en el arte por el arte. Puede ser un modo de vida, pero el arte siempre se compromete hasta con tu propia vida. Porque si de verdad asumes el arte tu vida queda comprometida. Entonces, claro, mi arte no es comercial. Además no pinto para vender.

 

 

¿Cómo percibe a los artistas plásticos de su generación?


 

Los artistas venezolanos han sido profundamente infantiles y a veces muy superficiales cuando tocan la esfera de lo social. Por ejemplo, se encargaban de mostrar o de hacer una apología de la violencia cotidiana. Entonces se quedaban siempre en el hecho sensacional y noticioso. El arte de mi generación ha estado siempre permeado por esa condición galerística, coleccionista, comercial, donde la gente asume posiciones comprometidas solamente con su obra y con el mercado de su obra. Respeto a algunos artistas de mi generación que tienen un trabajo muy comprometido, pero en síntesis a veces me parecen muy infantiles y superficiales a la hora de plantear un arte que tenga que ver con lo social.

 

Se ha discutido mucho en nuestra generación llevar el arte a la calle, romper los muros de los museos, galerías, teatros.

 

¿Cómo se puede transformar la ciudad a través del arte? ¿Cómo se puede embellecer y transitarla de una manera distinta?


 

La ciudad es una obra de arte que muta permanentemente. En cualquier esquina podemos quedarnos contemplando cualquier personaje de la calle que exteriorice su propia estética. El boom del graffiti está muy presente de nuevo. Aunque se discute entre el vandalismo y el arte, los graffiti hacen que la ciudad sea como un laboratorio de arte. No llega nunca a entenderse así porque la dinámica de sobrevivencia de la ciudad no nos deja ver esa posibilidad estética. Hay un trabajo mural importante también. Creo que la campaña del bicentenario ha impulsado mucho este trabajo de mural. Sin embargo ya es hora de expresar otras cosas, otros temas. Las políticas culturales del país a veces invierten mucho en cuidar y mantener espacios jurásicos como pueden ser los museos y obras patrimoniales. Se necesita también otra manera de entender el arte, de ver que el arte debe estar en la calle. Aunque todo eso se está sembrando es necesario que sea mucho más fuerte.

 

 

Desde su experiencia, ¿qué le diría a las nuevas generaciones de jóvenes que se quieren involucrar con las artes visuales?


 

No creo que la academia sea la única manera de fraguar el arte como tal. Hay que mantener el impulso creador y convertirlo en una forma de vida. Ya es bastante digno para una persona intentar ser artista por el tiempo que sea posible. También hay artistas sin obra que convierten el arte en una experiencia vivida y yo creo en eso; persistir un poco en la idea del arte. Vivimos en momentos para crear, momentos precisos para ejercer proyectos. Yo soy un artista pobre, como la mayoría en Venezuela. Pero por encima de eso no hay que doblegarse, no debemos sucumbir en el maltrato de tener que buscar el dinero y dejar los ánimos y las ganas de crear a un lado. Creo todo lo contrario: hay que mantenerse con las ideas allí latentes.

 

 

 

Desde Caracas,

Akaida Libertad Orozco Díaz