Sinuosos caminos de la Revolución
Aniversario: dos décadas atrás un episodio que a primera vista parecía la reiteración de un golpe de Estado militar, era en realidad el comienzo de una revolución y el nacimiento de un líder popular. Heredera del Caracazo de 1989, la fracasada rebelión militar ganó aceptación entre los venezolanos y dejó latente la posibilidad de una transformación radical. En lugar de desmoralizarlo, la derrota circunstancial aceró y potenció al Movimiento Bolivariano Revolucionario-200 (MBR), la organización comandada por Chávez que finalmente alcanzaría el gobierno con la victoria electoral de diciembre de 1998. El poderoso fenómeno en ciernes no fue comprendido entonces.
|
Maracay, 100 kilómetros al oeste de Caracas. Madrugada del 4 de febrero de 1992. Cinco unidades del Ejército dirigidas por Hugo Chávez, oficial al mando del batallón de paracaidistas de la ciudad, se trasladan a la capital con el objetivo de detener al presidente Carlos Andrés Pérez y al alto mando de las Fuerzas Armadas. Los destinos: el Palacio de Miraflores, el Ministerio de Defensa, el aeropuerto militar y el de Maiquetía, y el Museo Histórico. En el resto del país, otras unidades rebeldes intentarán controlar algunas de las principales ciudades, como Valencia y Aragua.
|
El plan fracasó. La rebelión había sido traicionada. En la tarde del 3 de febrero un capitán de la Academia Militar de Caracas reveló al director el intento por derrocar al Presidente, dato que llegó a la cúpula de las Fuerzas Armadas. Según el plan, Chávez debía entrar al Museo Histórico y comandar desde allí las operaciones con un equipo de comunicaciones. Pero quedó aislado y sin contacto con el resto de las unidades rebeldes del país.
Chávez no logró detener al Presidente, perdió contacto con sus camaradas y se rindió a las 9 de la mañana, luego de que Pérez anunciara por televisión que el Gobierno estaba derrotando una sublevación armada. Catorce soldados fallecidos y largas condenas a prisión eran las consecuencias de la derrota, que por un instante parecieron haber herido de muerte al Movimiento Bolivariano Revolucionario-200 (MBR) en su primera aparición pública ante las masas.
Pero al mismo tiempo que el comandante de la sublevación militar anunciaba por televisión la rendición (ver recuadro) y ponía punto final a un plan pensado durante una década de trabajo clandestino, nacía un líder popular de dimensiones insospechadas. Las palabras y la imagen de Chávez, en una aparición fugaz calaron hondo en grandes franjas de las masas venezolanas. Mientras moría la rebelión militar, el proyecto bolivariano y socialista daba su primer gran salto, ratificado ocho años después por la vía electoral. Aquel 4 de febrero Venezuela inició la transformación que hoy vive a pleno.
La sublevación
En 1992 Chávez era un teniente coronel de 38 años. Soldado desde los 17, había ingresado en la Academia Militar de Caracas en 1971. El primer ensayo de creación de un movimiento conspirativo con tintes revolucionarios dentro del Ejército se produjo en 1977, con la fundación de un pequeño grupo que se autodenominó Ejército de Liberación del Pueblo de Venezuela (Elpv), preludio de lo que cinco años después sería la constitución del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200. Surgido como un círculo de estudios políticos de la historia venezolana y los problemas de aquellos años, en el seno del grupo se gestaría lentamente la idea de la rebelión militar, mientras muchos jóvenes oficiales se iban sumando al movimiento. En aquel tiempo Chávez dictaba clases en la Academia Militar de Caracas como profesor de política y de historia (1980-1985).
El proyecto del MBR se apoyaba histórica e ideológicamente en tres próceres nacionales: Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora. Pilares desde los cuales se fue desarrollando un pensamiento revolucionario con su consiguiente programa económico y político, y que finalmente asumiría la sublevación armada como objetivo. Hugo Chávez y otros oficiales del MBR debieron esperar hasta 1991 para recibir el mando de diferentes unidades militares, condición para ejecutar la rebelión armada.
Las condiciones principales que explican la sublevación armada provienen de la realidad política, económica y social de Venezuela. Así como el intento por derrocar al gobierno del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, socio íntimo del Departamento de Estado y gerente de un plan económico que más tarde se conocería como “neoliberal”, es un antecedente fundamental del triunfo electoral de 1998, el Caracazo de febrero de 1989 lo es del propio 4F.
Es allí donde la nueva historia de Venezuela comenzó a escribirse, cuando las masas empobrecidas de Caracas y otras ciudades salieron a enfrentar las medidas del gobierno de Pérez, cuyo aspecto más rápidamente percibido fue el aumento del costo del transporte. La sublevación popular, expresada en masivos saqueos el 27 y 28 de febrero, tuvo como respuesta una feroz represión militar, decretada por un presidente que en menos de un mes en el cargo traicionó a su electorado. La consecuencia: 372 víctimas según cifras oficiales (algunos cálculos mencionan a más de dos mil fallecidos sólo en Caracas). El Caracazo marcó para siempre tanto a Venezuela como al grupo de oficiales que encabezarían el 4F, todos ellos enviados a reprimir el levantamiento popular tres años antes.
Los sucesos de aquel febrero significaron el primer gran rechazo contra las denominadas “políticas neoliberales” impuestas en América Latina a través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, subordinados a Washington: disciplina presupuestaria, reducción del gasto público, privatización de empresas estatales, liberalización financiera y comercial, apertura total a las inversiones extranjeras, desregulación económica. Al interior de Venezuela, la revuelta marcó un claro rechazo al bipartidismo establecido de facto en 1958 mediante el Pacto de Punto Fijo y a la escandalosa corrupción de la dirigencia política. Logró además que en todo 1989 el Gobierno no pudiera privatizar ni una sola empresa estatal.
Consecuencias del 4F
En noviembre de 1992, otro grupo de militares intentó nuevamente derrocar al Presidente y falló. Pero su gobierno terminaría seis meses después: el propio partido de Carlos Andrés Pérez, Acción Democrática, pactó su destitución en el Congreso el 21 de mayo de 1993. Acusado de corrupción, Pérez fue depuesto y quedó bajo arresto domiciliario.
Llegadas las elecciones de 1993, Chávez ya contaba con una influencia importante en el pueblo venezolano, aunque continuaba preso. En aquellos comicios llamó a la abstención, expresión que eligió el 40% del electorado, cifra que duplicó el magro 30% (sobre el 60% de los sufragios emitidos) con el que Rafael Caldera fue electo. El flamante Presidente recibió, además, el apoyo de simpatizantes chavistas que decidieron votar contra el bipartidismo. Consciente del apoyo popular que tenía Chávez, al asumir la presidencia Caldera ordenó liberar a todos los que participaron en las rebeliones militares de 1992, incluido Chávez, que recuperó su libertad el 27 de marzo de 1994.
Nueve meses después visitaría La Habana, el 14 de diciembre, y brindaría un recordado discurso en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. “Nosotros seguimos teniendo –y lo dicen las encuestas del mismo gobierno– más del 80% de opinión favorable en los militares venezolanos, en el Ejército, en la Marina, en la Fuerza Aérea y en la Guardia Nacional (…). El ejército de Venezuela tiene que ser de nuevo lo que fue: un ejército del pueblo, un ejército para defender eso que Bolívar llamó las garantías sociales”, aseguró en aquel momento.
Como resultado del 4F los militares se habían volcado a su favor y acompañaban ahora el proyecto del MBR, descripto por Chávez ese día como “un proyecto de largo plazo, de un horizonte de 20 a 40 años, un modelo económico soberano”. Y completó aquel día: “No queremos seguir siendo una economía colonial, un modelo económico complementario. Es un proyecto que nosotros hemos lanzado ya al mundo venezolano con el nombre de ‘Proyecto Nacional Simón Bolívar’, pero con los brazos extendidos al continente latinoamericano y caribeño. Un proyecto en el cual no es aventurado pensar, desde el punto de vista político, en una asociación de Estados latinoamericanos (…). Hasta allí, en el área política, llega la pretensión de ese proyecto que no es nuestro ni es original, tiene 200 años, al menos”. Un proyecto hoy vigente en Venezuela y América Latina, cuya primera expresión contemporánea puede remontarse hasta aquel 4 de febrero de 1992.
Ignacio Díaz