América XXI

Sopa de letras

Fecha de publicación: 01/02/12
Foto El colectivo hacker bloqueó páginas web del gobierno estadounidense luego que el FBI cerrara el popular sitio de descargas Megaupload

Copyright: la movilización planetaria virtual que motivó la presentación de dos proyectos de ley para avanzar sobre el control de los contenidos en  internet abre una serie de interrogantes complejos. Semejante batifondo responde a una de las tantas crisis del capitalismo, la del modelo de autor basado en el copyright, empujada por unos medios tecnológicos y nuevo grupo de poderosas empresas que, mientras aceleran las ventas de computadoras y dispositivos varios e incentivan una cultura en red en la que todo se produce y comparte con costos mínimos, pretenden mantener un viejo sistema de leyes que son (fueron) los pilares de las llamadas industrias culturales



Con el antecedente menos estruendoso del Patriot Act que la Casa Blanca promulgó tras los atentados de 2001, o de la seguidilla de juicios a Wikileaks y sucedáneos, esta vez los lobbys de la industria cinematográfica y la farmacéutica junto con la cámara de comercio de Estados Unidos avanzaron con dos proyectos de ley: Sopa (Stop Online Piracy Act / Ley para frenar la piratería online) y Pipa (Protect IP Act / Ley para proteger la propiedad intelectual). Ambos permitirían penalizar a cualquier sitio estadounidense que linquée sitios web que almacenan versiones gratuitas de películas, videojuegos, libros y otros contendidos que están bajo copyright. Dado el dominio estadounidense sobre la web, significan leyes de alcance global.

 

Pero si el Congreso había escuchado a Hollywood, luego tendría una representación inmediata de cómo ha cambiado la balanza de la distribución y consumo de productos culturales. Wikipedia, Google, Facebook y Twitter, los grandes de la web, salieron rápido a hacer campaña contra la Sopa sumando a miles de sitios y cientos de millones de usuarios que canalizaron su descontento en una verdadera demostración de fuerza colectiva.

 

Se podrá discutir luego si los millones de usuarios que comparten datos, actividades políticas e intimidades de distinta calaña en estos mismos sitios, son tan ingenuos como funcionales a compañías como Facebook, Google o Twitter que maravillan con sus herramientas pero también son corporaciones estadounidenses sobre las cuales llueven sospechas.

 

Se puede discutir si la generosidad de los usuarios responde al hecho de que compartir, en el mundo digital, cuesta poco o nada. Hay quienes lo asumen como una causa política, la construcción colaborativa del conocimiento; pero para los escépticos, estos chicos de la generación download mucho se preocupan por mantener sus consumos y nada por las viejas desigualdades del capital. 

 

Si usuarios y empresas lograron en tiempo record el cambio de opinión de una buena parte de los congresistas y que se pospusiera la ley, de inmediato se abrió otra batalla al margen de las instituciones. El triunfalismo desmedido de muchos internautas se convirtió en bronca cuando el FBI decidió el cierre de Megaupload, uno de los sitios ícono del intercambio de archivos, al que millones de personas y empresas suben y bajan películas, libros y videojuegos. La consecuencia inmediata fue la reacción del colectivo hacker Anonymous, que bloqueó páginas del Departamento de Justicia estadounidense, del gobierno de Brasil y de varias firmas de Hollywood. Todos al margen de la ley.

 

Es curioso que no exista una reacción tan global frente al hambre o la explotación. Pero es evidente que la “libertad de internet” se ha convertido en un asunto central para la vida cotidiana de una buena parte de la población del planeta. Otra vez tarde, los lobbistas de la industria no dimensionaron que este mundo hiperconectado, canonizado como participativo y democrático desde el minuto cero, ya tiene armas de sobra para enfrentarlos. Pero a medida que crecen estas armas también se afinan las herramientas para vigilar internet y, en última instancia, no sería conspirativo afirmar que el Departamento de Estado maneja la llave para encender o apagar internet en casi todo el mundo occidental.

 

De este escándalo, una escalada que recién empieza, se puede sacar algunas conclusiones. Es necesario saber que a medida que crecen las posibilidades de acceso, también lo hacen los dispositivos de control. Y que las leyes que se apliquen a la web van a legislar en otra cultura. La batalla por el copyright será sólo una entre muchas.

 

Desde Buenos Aires, Horacio Bilbao